miércoles, 7 de marzo de 2007



El movimiento feminista ya nada tiene que ver con el feminismo

Chuy Tinoco



Del 9 al 12 de Octubre se llevó a cabo el X Encuentro Feminista de América Latina y el Caribe en Sierra Negra, Sao Paulo, Brasil. El comité organizador sin duda hizo un trabajo difícil respecto al hospedaje, traslado, comida, espacios, traducciones, etcétera. Más de mil 200 mujeres reunidas. Sin embargo el aspecto feminista y político del movimiento no logró colocarse como tema de reflexión ni de práctica. Si acaso hubo expresiones aisladas, pocas expresiones de feminismo, de cuestionamiento, pero la inmensa mayoría llegó a hacer la política de lo posible. En un movimiento tan institucionalizado quizá no deberíamos esperar más.

Feminismo y democracia, esos fueron los ejes de este encuentro, pero ¿qué democracia, qué feminismo? La democracia neoliberal, masculinista, nada nuevo en este mundo. La incapacidad del movimiento de debatir y proponer, de reflexionar, de tocar y hacer tambalear lo sagrado hizo que su democracia y su feminismo se instalaran cómodamente para mirar cómo las mujeres somos una vez más las excelentes organizadoras, administradoras de la casa, pero para hacer política los señores aún nos llevan la delantera. Por eso el nostálgico movimiento feminista imita sus formas y sus lógicas, por eso busca que sólo hablen las especialistas, las legitimadas por las instituciones, por las ONG´s, por los partidos políticos y últimamente las legitimadas por un amplio sector de hombres gay y heterosexuales.

El movimiento feminista instala la lógica del voto como única salida y forma de resolver las diferencias políticas y filosóficas que tenemos, y como todas las votaciones son prácticas amañadas, financiadas, de precampaña, de intereses y masas, donde siempre hay mujeres ganadoras y perdedoras, en este encuentro esto no fue la excepción. El encuentro feminista no discutió ampliamente sobre la violencia en que cotidianamente vivimos las mujeres, sobre la pobreza, el hostigamiento sexual en el trabajo, las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez y Guatemala, sobre las indignas condiciones laborales, la resistencia de las mujeres indígenas a la imparable colonización que aún vivimos, la explotación sexual, el tráfico de mujeres, la explotación y el abuso de las niñas, las políticas racistas que todo el mundo sigue para ser reconocidos por los vecinos del norte; nada se discutió sobre la lesbofobia y las formas en que el proceso de institucionalización del movimiento feminista en América Latina y el Caribe están excluyendo a más mujeres no sólo de sus políticas sino del mundo en concreto.

Se discutió en plenaria final con una magna asistencia la entrada de las transexuales al próximo encuentro feminista. Los argumentos principales a favor fueron: que nosotras no podemos discriminar. Que nosotras las mujeres no podemos cuestionar quién es mujer y quién no lo es. Que nosotras no somos nadie para negar el espacio a otra y una serie de remordimientos producto de la incapacidad reflexiva política que tiene el movimiento feminista, por eso se colocó en un debate de argumentación dicotómica en donde nuestro papel sólo era ser buenas o ser malas. Incluir o excluir. Esas son las altas paredes con las que constantemente se topa el movimiento feminista porque ha querido trepar a una máquina que tiene siglos andando, el patriarcado.

A esto me refiero cuando digo que no hubo capacidad, ni deseos de tocar y hacer tambalear lo sagrado, porque otra vez buscaron ser las protectoras, las incluyentes, las diversas, las siempre buenas. ¿Desde dónde hace efecto este neutral masculino feminista? Creo que primero tenemos que analizar que no es en la academia, ni los partidos políticos, ni las ong´s, ni los gobiernos, las financieras, los institutos de la mujer, donde se hace feminismo, porque el camino de la institucionalidad está impregnado de las prácticas y lógicas de lo simbólico y el imaginario masculino.

Para las mujeres las instituciones han sido las dictadoras de este sistema de opresión de menosprecio y exclusión, de misoginia. La institución más devastadora ha sido la heterosexualidad obligatoria, la necesaria presencia masculina, su legitimación, su pensamiento y es aquí donde hace raíz lo sagrado, lo intocable y por lo tanto lo impensable. Las instituciones obedecen a las estructuras de los gobiernos, del estado y del patriarcado; el financiamiento del Norte que recibe el movimiento feminista debe ofrecer a sus amos una América Latina parecida a los sueños que limpien la historia de colonia y muerte que un día sembraron, necesitan justificar y lavarse la conciencia por las políticas de hambre y violencia que siguen instalando, necesitan decir: estamos trabajando con y para todas las mujeres. Pero creer que trabajar para las mujeres es hacer feminismo es un error.

El feminismo es ya de por sí un pensamiento autónomo, independiente, que no necesita hacer políticas de buenas costumbres, de buena moral, de empoderamientos, de géneros, de diversidades; el feminismo toca y desinstala cada espacio sagrado, lo cuestiona porque sabe que es en estas lógicas donde el patriarcado afina sus hilos para continuar manteniéndonos en su orden y bajo su mando. El feminismo rompe la lógica de la natural bondad de las mujeres, de lo maternal, de lo seguro, de la incondicionalidad y sobre eso baila.

Al movimiento feminista le falta romper la rigidez corporal porque hasta eso se logró instalar en este X encuentro, deserotizar a más de mil 200 mujeres reunidas que hacen política, que nunca hablaron de sus cuerpos y sus deseos. Si como continuamos pensando, lo personal es político, entonces nos faltó mucho por debatir, por cuestionar pero principalmente por nombrar.

Feministas jóvenes y no jóvenes, afrodescendientes, lesbianas, heterosexuales, indígenas, mestizas, todas, no podemos seguir reuniéndonos para mantener el órden y la lógica de opresión masculina, el buen comportamiento que esperan de nosotras, no podemos dejar que nos sigan diciendo qué hacer y cómo hacerlo, no podemos sumar a más mujeres a la tecnocracia feminista porque salvo el discurso nada más va a cambiar.

Son necesarias las acciones y el trabajo que favorece las condiciones de las mujeres, acabar con la violencia, con las guerras y la pobreza, el fin del patriarcado si lo queremos; lo que no queremos es que sea el dinero y el privilegio de algunas y algunos quienes nos usen para legitimar nuevamente el despojo de las feministas, es nuestra memoria histórico-política la que una vez más se pronuncia para exigir que al movimiento feminista le urge la rebeldía, la desobediencia, la radicalidad y la creatividad del feminismo. Si dejamos intacto cualquier lugar por su bondad corremos el peligro de que el patriarcado se recicle en ese mismo sitio.

(*) Lesbianas Feministas en Colectiva relatosdelaluna@hotmail.com
MIERDA-MIERDA, ENCUENTRO X°- ÚLTIMO
Por Margarita Pisano

No fue gratis lograr espacios propios en los que nosotras, mujeres, éramos las protagonistas, y nuestras experiencias, las válidas. Estos espacios nunca fueron conquistas absolutas, siempre estuvo la amenaza de los maridos, los padres, los hijos y los dioses, acechando. Siempre estuvo la sombra de los compañeros de lucha (partidos políticos), de los curas, la iglesia, la literatura, el cine, agujereando, atacando, anulando nuestros espacios. Fue -y es- una lucha constante; nos atacan desde adentro y desde afuera, desde nuestra propia sumisión y la necesidad “natural” de hombres, y no sólo para la reproducción -que sería lo de menos- sino para todo: desde el techo, la comida y la tumba hasta las ideas. Las que tenemos varias vivencias de ser autónomas e independientes, sabemos lo que significa la libertad de no hacer complicidad con quienes nos desprecian, odian y matan.

En estos espacios, contamos nuestros dolores y marginaciones; descubrimos nuestros deseos de tener una buena vida, sin servilismo, recuperando, para nosotras mismas, nuestros cuerpos queribles -no para los deseos de otros/otras. Nos descubrimos mujeres en una cultura misógina que nos odia y que nos hace odiarnos. Recién ahora, unas pocas aún, estamos entendiendo el desafío de ser productoras de ideas, lógicas, éticas, de horizontes posibles, de cambios profundos y civilizatorios a cargo de nosotras, sin las referencias a la cultura vigente. Digo “recién”, a pesar de los siglos de lucha, porque sólo contamos con una pequeña lista de mujeres “rescatadas” con nombres y apellidos, que fueron realmente independientes de la cultura vigente, sin condescendencias, rebeldes e imaginativas, esparcidas a través de los siglos. El feminismo sigue chapoteando en la mierda-mierda del patriarcado y sus expresiones, el que se apodera de nuestra historia.

Esta sospecha de otro horizonte ha sido posible por la experiencia de los espacios políticos de mujeres -laboratorios experimentales- desfocalizados del hombre y su cultura; y por una actitud crítica a nuestros resultados y políticas. El feminismo, a mi entender, y así lo he escrito, está fracasado, no logra instalarse como propuesta libre de patriarcado. Sin embargo, aún puedo asombrarme de lo sumergida que está la mayoría de las feministas en la cultura vigente, aún puede dolerme tremendamente el feminismo tributario de la masculinidad. Aún puedo asombrarme y dolerme, porque, para mí, la esperanza de otra civilización radica en la energía pensante de las mujeres y su historia (espero “otros” Encuentros).

ESTE FEMINISMO/AMEBA, SIN LÍMITES, SIN SABERES ACUMULADOS, SIN HISTORIA, DEJÓ ATRÁS A LAS MUJERES; Y EN ESTE X° ENCUENTRO, INCORPORÓ A LOS HOMBRES TRANS QUE HAN ELEGIDO LA FEMINIDAD COMO CULTURA Y DESTINO: EL TRIUNFO DE LA MASCULINIDAD. A lo largo de mi actuancia y del desarrollo de mi pensamiento feministas, he propuesto la deconstrucción de la feminidad, un todo cultural e indivisible con la masculinidad. ¿Qué puedo hacer yo -si he “sufrido”, rechazado y politizado la feminidad- con uno que la elige desde un cuerpo histórico varón?

Esto venía desde los lejanos tiempos de un feminismo -siempre sospechoso- con esa “fea” militancia en la masculinidad, que ejercen las feministas-madreristas, las buenas-buenas, con su necesidad de completarse en esos otros ajenos y borrar, incluso, el olvido de la historia. Sin historia/memoria, lo repetiré una y otra vez, no hay futuro; sin historia/memoria, no seremos nunca individuas con cara, cuerpo, nombre y apellido; sin historia/memoria, no hay otra civilización válida; al contrario, seguiremos chapoteando en el travestismo mental, en esa enajenación de tener un cuerpo transado y no pensado desde nosotras, atrapado en la deshumanización de la cultura del hombre, sin entendernos ni contruirnos culturalmente desde lo íntimo, privado y público/político.

En el X° Encuentro, resultó patente que el feminismo siempre ha funcionado con grupos fácticos de poder, escondidos, que, ahora, finalmente, se hacen tan evidentes; manejados como títeres desde la civilización masculinista, la cultura culta europea, occidental, la de los civilizados (y también desde el orientalismo esencialista), que, salvo excepciones, entrega unos restos de dinero a los/las lugarestenientes/tenientas del tercermundo, sus mafias replicadas.

¿Alguna vez alguien imaginó que esto no está inscrito en nuestros cuerpos? Los deseos de servir están inscritos en nuestros cuerpos, a fuego, como las marcas de los animales; este Encuentro insensible y deshumano, olvidó nuestras marcas. La ameba es el ardid de la democracia –un cuento muy bien instalado, pero fracasado- a la que adhieren y juntan votos, con tanto ímpetu, todos los grupos de poder.

¿Qué discursos nos han permeado constantemente? El discurso cristiano con sus departamentos: de la familia y el amor, del miedo, la culpa, la muerte, del Ser Superior... para qué seguir; el discurso socialista, el marxista, el sociológico, el academicista. El discurso de la juventud, “divino tesoro”, tan acentuado en este Encuentro, tan patriarcal, mentiroso y siempre de moda, que lleva, implícitamente, la promesa de un futuro mejor que nunca llega. El discurso del trabajo “productivo” que define a lo humano como desecho...

Aquí, frases sueltas (cada quien puede agregar las suyas, ¡no se quede en las penumbras!):

La democracia “es” según la cultura que la sostenga; si la sostiene una civilización de dominio, la democracia termina siendo un panfleto de grupos dominantes, una “variación sobre el mismo tema”.

Los hombres construyeron el poder de dominación, que remozan constantemente; las mujeres, entrenadas en la feminidad, lo ejercen desde las penumbras.

El feminismo es familista, madrerista y otras hierbas, y mientras estos focos filosóficos-civilizatorios no se cuestionen a fondo, no tiene vuelta, porque queda reducido a lugares sagrados, intocables, legitimando, en nuestros deseos, la cultura vigente.

Y también están nuestras almas románticas-románticas del amor-amor, mierda-mierda... y nos siguen matando... “por amor” y por las ideas propias.



Y ahora viene la gran receta: un “happy” camino (no un “happy end”), silbando bajo la lluvia, con “rainbow” y todas éramos hermanas...

El Movimiento Rebelde del Afuera (MRA) es un espacio de mujeres-mujeres, en ensayo de relaciones expresadas, marcadas por el proceso político de pensar juntas y también individualmente, tratando de construir conjuntos de ideas, los montones cuánticos, que al formar un número crítico, se armonizarán, y, así, iremos construyendo otra civilización (Oh!, la buena nueva sin dioses). Para el MRA no hay lugar sagrado: ni la democracia ni la historia ni la filosofía ni la familia ni los hermanos ni la economía ni la medicina ni los hombres; todo lo ponemos en cuestión desde sus fundamentos, desacralizando los libros (alimentos no perecibles), desmontando los museos (alimentos no perecibles), desdivinizando los libros sagrados (alimentos no perecibles), modificando nuestros deseos (alimentos no perecibles). El propósito es que no haya nada inamovible, no-perecible ni modelo rescatable... porque... “sin embargo se mueve” y porfiadamente elegimos vivir, no dominar. Hay pistas, es cuestión de saber mirar.

X Encuentro Feminista de América Latina y el Caribe
¿Feminismo islámico?
Rosa María Rodríguez Magda


El feminismo islámico se presenta como una propuesta que deriva de la revelación coránica, por lo cual señala la necesidad de realizar un esfuerzo hermenéutico que acabe con las interpretaciones patriarcales y de caminar hacia la reforma de las leyes discriminatorias. Ello constituye ya un amplio debate, por desgracia no tanto en el mundo árabe donde prevalecen las posturas patriarcales y tradicionalistas, sino en el seno del propio feminismo promovidas por los estudios postcoloniales.

Según Valentine M. Moghadam, directora de la Sección para la Igualdad de Género y el Desarrollo de la UNESCO , “el feminismo islámico es un movimiento reformista centrado en el Corán, realizado por mujeres musulmanas dotadas del conocimiento lingüístico y teórico necesario para desafiar las interpretaciones patriarcales y ofrecer lecturas alternativas en pos de la mejora de la situación de las mujeres, al mismo tiempo como refutación de los estereotipos occidentales y de la ortodoxia islamista... Su argumento alternativo es que el Islam ha sido interpretado a lo largo de los siglos (y especialmente en los tiempos recientes) de un modo patriarcal y a menudo misógino, que la llamada ley islámica o sharî‘a ha sido mal comprendida y mal aplicada, y que tanto el espíritu como la letra del Corán han sido distorsionados”.

El término de “feminismo islámico” comenzó a hacerse visible en la década de los 90, empleado por diversas estudiosas en distintos países musulmanes, como las iraníes Afsaneh Najmabadeh y Ziba Mir-Hosseini en el periódico Zanan , fundado en 1992 por Shahla Sherkat. También en Turquía fue utilizado por Yesim Arat y Feride Acar en sus artículos, y por Nilufer Gole en su libro The Forbidden Modern .

Para Margot Badran, constituye, pues, un fenómeno global, que incluye tanto las reflexiones de las mujeres en los países árabes cuanto las realizadas por las musulmanas en Occidente. El objetivo de esta heurística de la tradición islámica abarca diversos ámbitos: algunas estudiosas se basan exclusivamente en el Corán (Amina Wadud, Rifaat Hassan o Fátima Naseef), otras incluyen la revisión de la sharî‘a (como la libanesa Aziza al-Hibri o la paquistaní Shaheen), mientras que algunas desarrollan un análisis de los hadices (la turca Hidayet Tuksal o la más conocida escritora marroquí Fátima Mernissi) .

El feminismo islámico marca sus distancias tanto frente a la ortodoxia islamista cuanto al que denominan feminismo occidental, liberal, colonialista o laico, manteniendo con éste último, según las autoras, posturas que van desde la crítica al franco rechazo. En este sentido cabe recordar las esclarecedoras afirmaciones de la premio Nobel de la Paz , Shirín Ebadi: “Si el feminismo islámico significa que una mujer musulmana puede también ser una feminista y que feminismo e islam no son incompatibles, estaría de acuerdo con ello. Pero si significa que el feminismo en las sociedades musulmanas es algo peculiar y totalmente diferente al feminismo de otras sociedades por el hecho de que tiene que ser siempre islámico, entonces no estoy de acuerdo con semejante concepto”. La clave, pues, estriba en la comprensión de la diferencia, por lo común fuertemente reivindicada, dado que, como señala la misma Margot Badran, este feminismo se articula “dentro de un paradigma islámico” y “deriva su comprensión y mandato del Corán” . Así, no se trataría tan sólo de despojar a este de sus lecturas patriarcales, sino de mostrarlo como la genuina y diferente forma de entender la igualdad entre los géneros y la dignidad de las mujeres, por ello es necesario “recuperar el mensaje igualitario” del Corán. La cuestión de fondo estriba en qué estamos entendiendo por igualdad, si entendemos igualdad ante Allah, pero se mantiene la “complementariedad” de los sexos, la diferente función en el seno de la familia, la poligamia, el matrimonio temporal, el derecho de tutela del hombre sobre la mujer, el carácter obligatorio o deseable del velo y la discriminación en materia de herencia..., todo ello prescrito por el Corán, entonces utilizamos la noción de igualdad de manera equívoca, pues lo que estamos realmente afirmando es la diferencia, por más que apostemos por un mayor protagonismo de las mujeres, que a la postre quedan encuadradas, limitadas o supuestamente dignificadas en su diferencia.

Las diversas posturas frente a lo que se entiende por “mensaje igualitario del Corán”, esto es: una igualdad “diferente” y “superior” a la occidental, que en definitiva se revela como trampa engañosa bajo la coartada del multiculturalismo, o una igualdad crítica y emancipadora, no tan diferente de lo que en Occidente entendemos como tal, marca disensiones en el propio feminismo Islámico. Según ello, la clara denuncia de Nawal al-Sadawi frente a la situación real de la mujer árabe, la haría sospechosa de occidentalismo, pues sus críticas a la sociedad patriarcal y su rechazo al colonialismo se efectúan desde un socialismo político homologable internacionalmente.

Fátima Mernissi representaría una versión moderada del feminismo islámico, y, en este sentido, excesivamente tibio para el feminismo islámico más radical, también para las posturas más diferencialistas de las conversas españolas, aún cuando Jadicha Candela ha defendido la pertinencia de su obra. Mernissi intenta demostrar que el mensaje de Muhammad constituye una “experiencia pionera en materia de libertad individual y democracia”, entendiendo por éstas conceptos plenamente equiparables a lo que en Occidente significamos con ellos. Incluso, posicionándose en contra del colonialismo, admite que “quince siglos después, será la violencia colonial la que, paradójicamente, fuerce a los Estados musulmanes a reconsiderar el tema de los derechos del individuo y de la mujer” . Para Mernissi la confusión entre el Islam como creencia, y el Islam como ley y religión de Estado, identifica el hecho de ser musulmán con la pertenencia a un Estado teocrático. Intereses políticos y económicos han forzado una interpretación del Corán ajena a las intenciones del profeta, acentuando una visión retrógrada, coercitiva, patriarcal y lesiva tanto para las libertades individuales como para la mujer en especial. La modernización y la incorporación de la mujer al trabajo, con su consiguiente emancipación, socavaría todo un sistema ancestral de dominio masculino, que se pretende justificar religiosamente en un orden anclado en el pasado. Ahora bien, esta modernización, para Mernissi, no debe ser mera transposición del modelo de Occidente, frente al que ya mostrara sus suspicacias en su libro El harén occidental , sino que debe emanar de la propia cultura islámica. Para tal fin la autora realizará una labor hermenéutica, tanto de las circunstancias que rodean las interpretaciones más misóginas de ciertos hadices , cuanto del propio Corán, como pretende mostrarlo en su obra El harén político . Junto con ello, en Las sultanas olvidadas efectuará una genealogía de mujeres luchadoras y afirmativas, en las que la mujer musulmana puede encontrar arquetipos propios de liberación. Ciertamente, la labor de fundamentar un mensaje igualitario a través de textos que manifiestan claramente una supeditación de la mujer, es tarea, cuanto menos, complicada, aunque legítima por la voluntad que manifiesta de otorgar un espacio de libertad a las mujeres dentro de la tradición islámica. Su construcción de una genealogía tiene un valor más psicológico de conformar un imaginario habitable, que propiamente histórico, pues nos encontramos no ante una corriente continua, sino con un listado de excepciones en lo que ha sido la tónica cultural. En cualquier caso, la gran aportación de Mernissi estriba en partir de unos conceptos de igualdad y libertad plenamente homologables y no como otras supuestas feministas islámicas que utilizan dichos términos de forma engañosa pretendiendo, amparadas en la diferencia cultural, significar con ellos lo que no son sino formas de supeditación.

En este sentido, el feminismo islámico es en general ampliamente contestado, no sólo desde un feminismo “occidental”, sino por parte de feministas que, aun procediendo de países musulmanes, no ven en éste sino una trampa. Así para Shahrzab Mojab, de la Universidad de Toronto , el término habría sido difundido principalmente por feministas laicas que viven en Occidente, profesionales de los estudios postcoloniales, para referirse a las alternativas islámicas al feminismo occidental, considerando el Islam como el único camino autóctono y auténtico hacia la igualdad y la justicia de género. Para quienes lo rechazan, “el feminismo islámico es un oxímoron, una contradicción en sus propios términos. Si lo que se entiende por feminismo es aliviar las presiones patriarcales sobre las mujeres, haciendo que el patriarcado sea menos terrible, el “feminismo islámico” sería desde luego una tendencia feminista. Pero si el feminismo es un movimiento que pretende abolir el patriarcado, contribuir a crear una sociedad en la que cada persona pueda dar forma a su vida libre de restricciones económicas, políticas, sociales y culturales, entonces el “feminismo islámico” resulta ser bastante inadecuado... Las feministas islámicas insisten en la especificidad o, incluso, en la singularidad de las mujeres musulmanas y de su posición en la sociedad. Consideran que el Islam trata a las mujeres con dignidad y con respeto y les garantiza la igualdad de derechos. Sin embargo, el régimen de derechos en general y los derechos de las mujeres en particular son producto de las luchas por la democratización en las sociedades occidentales. La cuestión de los derechos es inseparable de la ciudadanía, el Estado democrático y la sociedad civil” . Así, frente a las críticas de paternalismo que las feministas islámicas achacan al feminismo occidental, habría otro más sutil paternalismo: el ejercido por las teóricas postcoloniales, que, desde universidades norteamericanas o inglesas, desde países donde se respetan sus derechos, viven profesionalmente “esencializando a las mujeres de los países islámicos como seres religiosos”, recluyéndolas en su identidad, reserva moral de la antiglobalización.

Para Chahdort Djavann, escritora iraní residente en Francia, el comunitarismo étnico es un verdadero problema para la democracia. Los derechos culturales colectivos ofrecen la justificación intelectual a los sistemas antidemocráticos postcoloniales. Existe una perversión del lenguaje al identificar cultura con religión y viceversa. “La denominación de “intelectual católico” no se aplica sino solamente a una parte de los intelectuales. Esto no ocurre con los “intelectuales musulmanes”, éstos forman parte de un único gran todo: el Islam. No se distinguen de los otros como intelectuales, sino como musulmanes. ¿Dónde están los intelectuales ateos del mundo islámico? ¿En Irán, en Egipto, en Argelia, en Arabia Saudí?” . Y de una forma más sangrante ocurre este ocultamiento con las mujeres, esencializadas como seres religiosos, sujeto colectivo simbólico, su sometimiento o su supuesta afirmación pasa por su anulación personal por mor de su cultura, sea entendida ésta como defensa del integrismo religioso o de la lucha postcolonial, en ambos casos la emancipación individual se subroga en un interés general, ¿cuándo las mujeres empezarán a contar como sujetos individuales de derechos más allá de los dictados patriarcales o de izquierdismo veladamente androcéntricos? Tal subrogación de lo individual en lo colectivo podemos observarla en la insistencia del feminismo postcolonial en definir el feminismo del Tercer Mundo englobado no sólo en la categoría de género, sino también en la de etnia, clase social, políticas de identidad... (Moghadam ), acentuando que las reivindicaciones de las mujeres del Tercer Mundo son, más que centradas en su estatus de género, referidas a cuestiones generales de salud, trabajo, educación y lucha antiimperialista (Talpade Mohanty, Russo y Torres ), llegando a rechazar por ocultamente colonial cualquier propuesta de emancipación de la mujer surgida en el seno de los propios países musulmanes que no sea culturalmente islámica (Ahmed ).

Paradójicamente, el mismo elemento símbolo de su sometimiento, el velo, se pretende convertir a la vez en Occidente en señal de su emancipación. “Es mi cultura, es mi libertad, es mi elección” afirman las jóvenes musulmanas hijas de la emigración, o también las conversas. Pero, como afirma Djavann: “Yo he llevado diez años el velo. Era el velo o la muerte. Sé de lo que hablo”. “El velo no es simplemente un signo religioso, como la cruz, que las chicas o muchachos pueden llevar al cuello, el velo, hijab , no es un simple pañuelo sobre la cabeza; debe disimular enteramente el cuerpo. El velo, ante todo, abole el carácter mixto del espacio y materializa la separación radical y draconiana del espacio femenino y del espacio masculino, o más exactamente, define y limita el espacio femenino. El velo, hiyab , es el dogma islámico más bárbaro que se inscribe sobre el cuerpo y en él se ampara” . Más que atenuar la sexualidad, convierte a las mujeres en objetos sexuales, construye la identidad femenina en función del deseo y la posesión del varón, constituye el pudor de la mujer en garantía del honor masculino, el temor del hombre confina a la mujer tras el velo, en un intento de controlar cualquier transgresión femenina, que pondría en peligro no solo su identidad como varón, sino todo el edificio moral y teológico del Islam construido sobre la sumisión de la mujer.

Como vemos, la polémica, lejos de enfrentar a feministas islámicas y occidentales, tiene lugar en el seno de las propias mujeres procedentes de países musulmanes, mostrando la falacia de señalar como pensamiento legítimo al musulmán (marcado esencializadamente por la religión), valorando como políticamente correcto al postcolonial, sea producido por occidentales o no, y deslegitimamdo no sólo a las feministas occidentales sino a todas aquellas que, procediendo de países musulmanes, rechacen el esencialismo religioso.

Curiosamente casi todas estas polémicas se producen en inglés, ¿por qué no en árabe, dado que se trata del idioma que debiera ser común a todas aquellas que pretenden una revisión lingüística de los textos canónicos en la lengua sagrada? Ello nos hace sospechar que, si bien se trata de un debate ampliamente difundido en el ámbito académico, no impregna ni transmite la realidad social de los países árabes. Aun cuando los esfuerzos de las feministas islámicas lograran mostrar una interpretación no patriarcal del Corán, no constituiría sino un logro reducido, académico, sin incidencia, a menos que las sociedades y las autoridades islámicas lo asumieran. El Islam real, por desgracia, seguiría siendo otra cosa, y así mismo la propagación del Islam en Occidente si quienes lo financian y dirigen en modo alguno siguen, ni conocen, este loable esfuerzo absolutamente minoritario. Además de que en buena parte del feminismo islámico encontramos también, como hemos visto, posturas claramente beligerantes contra Occidente y defensoras de la diferencia esencialista (esencialización religiosa de la mujer, derechos culturales, etc.). Ese Islam igualitario, hoy por hoy por desgracia, es únicamente un reto en la mente de algunas musulmanas, pertenecientes a una elite intelectual radicada principalmente en países occidentales

En este sentido de evaluar la escasa impregnación de todo lo anterior en el islamismo cultural, cabe recordar las palabras de Hassan al-Banna , fundador de los Hermanos Musulmanes, movimiento de gran implantación en Estados Unidos y Europa, quien rechazaba el principio de igualdad en el Islam, sosteniendo que “la diferencia entre hombres y mujeres en el terreno de los derechos está fundada sobre una diferencia natural” . Desde un punto de vista reformista, su nieto Tariq Ramadan, quizás el propagandista europeo de mayor influencia, desarrollará un doble discurso, negando que la sumisión de la mujer esté inscrita en el Islam, abogará por el protagonismo y la visibilidad de las mujeres, pero justificando el uso del velo en la consideración de la mujer como ser y no como cuerpo, deplorando que las mujeres “se esfuercen por luchas contra las discriminaciones sin desarrollar suficientemente una conciencia de la espiritualidad y una conciencia de la revelación de Dios... En su lucha, olvidan su deber fundamental. Se necesita de mujeres piadosas, la mejor cosa que puede ser dada a un hombre es una mujer piadosa” . Igualmente encontramos múltiples perlas que salpimentan sus discursos : “ En la lucha contra la permisividad total, conviene que bajéis la mirada para salvar vuestra castidad”, “el bikini es una agresión”, “Se os prohíbe ir a las piscinas públicas”, “Al ser una manifestación de sumisión a Dios, el velo es un elemento de liberación de la mujer” ... Concordaremos en que estas manifestaciones del adalid del Islam “moderado” en Europa no permiten excesivos optimismos.

En orden a concluir, recapitulemos la cuestión.

El problema no es si resulta posible una lectura feminista del Corán que propicie la emancipación de la mujer musulmana. Ello sería deseable en el mismo sentido en que se realizó una hermenéutica feminista de la Biblia –libro bastante patriarcal, por cierto–, abriendo caminos de protagonismo para la mujer desde el cristianismo. El problema comienza cuando no intentamos demostrar que el Islam es emancipador para la mujer (en el sentido general del término, esto es: igualdad entre los sexos y ante la ley, derecho al propio cuerpo, ausencia de cualquier discriminación en función del sexo...), sino que derivamos del Corán una “forma diferente de dignidad para la mujer”, que denominamos emancipación o feminismo aunque no cumple los requisitos igualitarios de éstos, y entonces acusamos al feminismo que pretende cumplirlos de occidental y etnocéntrico.

Como he intentado mostrar más atrás, cuando las mujeres se convierten en símbolos de identidad, nacional, cultural o religiosa, subsumen en esta identidad simbólica su rango individual, así su afirmación de rechazo a toda injerencia foránea (imperialismo cultural) se hace a costa de su emancipación como individuos –como mujeres particulares en cuanto tales–, la lucha postcolonial se superpone a la feminista. De nuevo, como pasó tantas veces con las luchas revolucionarias o los marxismos, las mujeres, cuando creen afirmarse, afirman la opción del grupo determinada androcéntricamente y que acabará por engullirlas y anularlas. Se opone el “feminismo colonial”, la falsa emancipación de la modernización occidentalizada, a las culturas locales, dando por supuesto que éstas son más auténticas que aquella –a la que ya se ha tildado de “falsa”–. Nuevamente se minimiza el lugar de las mujeres, pues lo que hay que evaluar es si las condiciones de modernización colonial, aun siendo imperialistas culturales, acrecentaron las libertades de las mujeres frente a la situación que les ofrecía la cultura local. Hay que mantener siempre la doble visión: algo que es liberador en general puede ser coercitivo para un subgrupo concreto. Primando sólo el nivel postcolonial volvemos a sacrificar a las mujeres en una causa común que no las incluye.

Por otro lado, frente a las proclamas globalizantes y transnacionales, creo que procede una primera actitud de respeto: el debate del feminismo en los países islámicos es una cuestión que incumbe primordialmente a dichos países, desde el punto de vista occidental sólo cabe congratularse con el avance de un feminismo islámico que promueva la liberación de la mujer en el marco de su cultura y religión, abriendo la puerta a una nueva hermenéutica del Corán alejada de literalismos y de posturas patriarcales, estén éstas asentadas en él o en tradiciones culturales. Lo que en dichos países debería tener un carácter social y público no puede trasladarse sin más a los países occidentales cuyo marco cultural, religioso y político es bien distinto. Lo que allí puede entenderse como progresista desde presupuestos religiosos o ancestrales limitativos, no lo es en absoluto en países occidentales, pues aquí representaría un retroceso al volver a discutir y problematizar logros consolidados. Lo que en países islámicos debe ser la conquista de espacios públicos de evolución social, en países occidentales sólo puede ser una postura personal y privada de las/los musulmanas/es residentes en sociedades no islámicas. Quede claro que, en modo alguno, estoy suponiendo un modelo occidental perfecto y sin fisuras. Por desgracia, lo que venimos denominando el logro de los ideales ilustrados resta mucho de ser una realidad, y en este sentido la interpelación intercultural puede evidenciar los puntos débiles de cada cultura, y mover a cada una de ellas a hacer una revisión desde sí mismas, en un ejercicio crítico y racional constante. Para ello debemos consensuar una intelección de qué entendemos por libertad, igualdad. etc., en modo alguno pensar que dichos conceptos son producciones manchadas de occidentalismo, otorgando así coartada a fundamentalismos retrógrados. No es lo mismo desde el Islam proponer una lectura coránica igualitaria para la mujer que propicie su emancipación –como lo pretende Fátima Mernissi–, que, en un país donde, al menos nominalmente, se respeten los derechos, postular el modelo coránico como un grado superior de dignidad de la mujer –como lo pretende cierto feminismo islámico. Es justo lo contrario.

Más allá del respeto a los derechos humanos, Occidente no tiene nada que decir en la evolución política y cultural de los países no occidentales, pero, en contrapartida, las minorías que emigran a otros países –o los individuos que adoptan usos culturales o religiosos ajenos– no pueden pretender imponer sus opciones personales, que ya están garantizadas por la libertad de conciencia y a la conciencia de los individuos afecta, como modelos que no responden a la cultura ni la situación social de los países de acogida. Libertad de conciencia, por cierto, no respetada en muchos países musulmanes, que, entendida como apostasía, y en estricto seguimiento coránico, puede ser castigada con la muerte, ni tampoco suscrita por entidades religiosas islámicas asentadas en países occidentales. Baste como ejemplo el caso de Francia, donde en el marco de las consultas del entonces ministro del interior, Jean-Pierre Chevènement, para normalizar el culto musulmán, las asociaciones musulmanas se negaron a suscribir la Convención Europea de Salvaguarda de los Derechos del Hombre y de Libertades Fundamentales (de 4 de diciembre de 1950), especialmente la UOIF (Unión de Organizaciones Islámicas de Francia), pidiendo la supresión del artículo que consagra “el derecho de toda persona a cambiar de religión o de convicción”, extremo éste que fue suprimido del texto final .

Normalmente esta problemática se ha entendido dentro de la disyuntiva liberalismo/comunitarismo, colocándose la traición europea en el marco de un universalismo laicista, lo que suscita las críticas a la supuesta neutralidad occidental pretendidamente no situada. Quizás conviene darle la vuelta al planteamiento: si la identidad europea se ha constituido promoviendo principios universales desde su propia comunidad histórica y cultural, está en su perfecto derecho de defender aquellos principios que configuran su identidad.

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Rosa María Rodríguez Magda, especialista en pensamiento comtemporáneo y teórica feminista, es autora, entre otros ensayos, de Femenino fin de siglo. La seducción de la diferncia, La sonrisa de Saturno, El modelo Frankenstein, Foucault y la genealogía de los sexos, El placer del simulacro. Mujer, razón y erotismo, Transmodernidad... y ha editado la obra colectiva Mujeres en la historia del pensamiento.

www.rodriguezmagda.com

(El presente texto es un extracto del libro de Rosa María Rodríguez Magda La España convertida al islam , Madrid, Áltera, 2006, en el que se analiza el surgimiento de un nuevo islam español, así como las corrientes ideológicas de las que se nutre: el pensamiento de Ibn ‘Arabi, Roger Garaudy, la nostalgia de al-Ándalus...Especialmente preocupante resulta, no obstante haber promovido el Congreso Internacional sobre Feminismo Islámico (Barcelona, 27, 28 y 29 de octubre de 2005), su reivindicación de legalización de la poligamia para los colectivos musulmanes en España. La valoración de sus propuestas dan paso a una reflexión más amplia sobre el islamismo moderado en Europa, el feminismo islámico, el comunitarismo, el debate sobre el multiculturalismo y el choque o alianza de civilizaciones.)

Margot Badran, “Islamic Feminism: What's in a Name?”, http//weekly.ahram.org.eg/2002/569/cul.htm

Idem .

Fatima Mernissi, El harén político. El profeta y las mujeres , Madrid, Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, 2002, p. 214.

Shahrzad Mojab, “Teorizando la perspectiva política del “Feminismo Islámico””, Lola Press, recogido en http://www.webislam.com/tema_imp.asp?idn=2185

Chahdortt Djavann, Bas les voiles! , París, Gallimard, 2003. p.26

V. M. Moghadam, Identity Politics and Women. Cultural Reassertions and Feminisms in International Perspective , Oxford , Westview Press, 1994.

Talpade Mohanty, Russo y Torres, Third World Women and the Politics of Feminism , Bloomington, Indiana University Press, 1991, p. 321.

Así Leila Ahmed ha negado, por ejemplo, la validez feminista de las obras de los reformadores egipcios, en espacial las desarrolladas por Kassim Amin en sus libros Tarir al-mar'a (La emancipación de la mujer) , 1899, y Al-mar'a al-yadida ( La Nueva Mujer ) , 1900, por proponer, junto a la necesidad de la educación y la independencia femeninas, el repudio del velo. Ahmed, Women and Gender in Islam . Londres, Yale University Press, 1992.

Op.cit. p. 11.

Citado por Leïla Babes, “Feminisme, islamisme, modernité”, en Les femmes et l'islam. Entre modernité et integrisme , Isabel Taboada Leonetti, París , L'Harmattan, 2004, p. 238.

Extraído de la conferencia de Tariq Ramadam, “ La Femme musulmane face à son devoir d'engagement”, casetes nº 21 y 22, Éditions Tawhid. Citado por Mina Kaci en “Islamisme pour Tariq Ramadan: la femme musulmane est l'avenir de la ouma”, Humanité (17 janvier 2004). http://www.humanite.presse.fr/popup_print.php3?id_article=386324

Citado por Pilar Rahola en “Contra Tariq Ramadan”, publicado originalmente en el diario Avui y recogido en http://www.pilarrahola.com/ 1_3/ARTICLES/DETALL.CFM?id=00000002FH&IDIOMA....

Véase Leïla Babes, Op. cit. , p. 242.

CON MI FEMINISMO MIRANDO AL SUR (*)
(primeras reflexiones de un viaje de regreso al futuro)

Ximena Bedregal

En la cosmovisión andina el pasado está adelante y el futuro está atrás. El pasado es lo que nos guia y orienta, el futuro no existe.

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Tras la luna de esmeralda
por el camino va sola,
la silueta de la chola
con su guaguita a la espalda

En su florida pollera,
color de cielo estrellado,
lleva a vender al mercado,
Kantutas de primevera.

(Trozo del primer poema que aprendí a los 4 años, autor: Oscar Alfaro) (guaguita: bebé: kantuta: flor nacional)

1.- Como mujer no tengo patria, pero la tengo

Primeramente quiero presentarme, soy Ximena Bedregal. Regreso a Bolivia después de muchos años de vivir fuera, aunque nunca perdí el contacto básico con esta realidad y su devenir. Regreso porque intuyo políticamente que en los cambios que se están dando aquí hay mucho para enriquecer mi alma y mi pensamiento, mucho para dar y mucho para incentivar la reflexión feminista que parece haberse estancado y amarrado a los destinos del liberalismo igualitarista en la mayor parte de sus expresiones orgánicas y sus sectores mayoritarios de expresión política.

Aunque nacida en Bolivia, como mujer no tengo patria el mundo entero es mi tierra, lo cual no quiere decir que no lleve en mi identidad básica los signos de la tierra donde nací, aprendí a hablar, vivir, donde se fundaron mis sabores, olores y percepciones primarias; donde conocí e internelicé sentidos de realidad y deseos de vida, los sentidos de lo social y de lo político, donde aprendí a conocer la injusticia y realidades inaceptables, donde aprendí los sentidos y significados del amor y de la inteligencia que estructuraron muchos de los deseos de justicia que marcan mi existencia, donde aprendí a verme como mujer, donde hice mis primeros pasos hacia el feminismo.

En ese sentido, como mujer no tengo patria pero en tanto mujer sí tengo patria en la medida en que existe y me ha marcado. Lejos de la dicotomía que anula, como mujer tengo y no tengo, son ambas cosas a la vez. Y si empiezo diciendo esto es por que quiero significar y recalcar algunos elementos que –desde mi feminismo- me parecería importante recalcar en la Bolivia de hoy.

Primero, que como mujer –y todas como mujeres- no he ni hemos sido las productoras ni de los conceptos, ni de las realidades, ni de las construcciones concretas de lo que se llaman patrias, apenas reproductoras. En la lógica fundante de estas arbitrarias divisiones político geográficas y en la producción de sus realidades, hemos sido la otredad por excelencia. Los países de nuestro continente (y de todos los continentes) se fundaron con base en las necesidades, intereses, proyecciones, participación y diseño de los varones, en nuestro caso además blancos, católicos, y propietarios (propietarios de los bienes materiales pero también de la vida y la muerte de otros seres humanos, los indios, sin duda, pero principalmente las mujeres), ligados a la racionalidad europea occidental post revolución francesa y preindustrial y así, desde esa lógica masculina, europeizante y occidental se siguieron construyendo las patrias latinoamericanas y la idea misma de patria por siglos. Patria significa “lo que pertenece al pater, el patrimonio del padre”

Este es el sentido de la idea de que como mujer no tengo patria

Necesitamos entender el papel no jugado, en ese sentido el papel jugado es decir el papel que fue asignado para nosotras, para poder imaginar el papel que (ahora autoasignadamente) podemos cumplir.



2.- Bolivia y la crisis de sentido global

Segundo, que la crisis de sentido de la política, del hacer mundo, del hacer sociedad, de la idea de bienestar humano y las búsquedas de alternativas que hoy vivimos en Bolivia, no es algo privativo o exclusivo de este país, aunque obviamente tenga sus particularidades. El sentido y la forma, de construcción social, política y económica que se cuestiona en Bolivia hoy -insistiendo en reconocer sus particularidades porque de otra manera no podríamos actuar- es parte de una crisis de sentido, una crisis de posibilidad de una macrocultura global que se ha impuesto como hegemónica en prácticamente todo el planeta y que ya no sólo no puede dar respuestas satisfactorias sino que ha llegado al borde de la destrucción masiva. Esa macrocultura, esa matriz civilizatoria, ese orden - des-orden que ha producido esta realidad planetaria se llama patriarcado. El patriarcado occidental, hegemónico hoy en día.

Necesitamos entender -primero o paralelamente- esa matriz, ese programa en que se funda esta miserable realidad, entender cómo ha construido la macrocultura que nos forma, para poder salirnos de ella e imaginar y construir otras realidades que implica también imaginar y construir otra política.

Necesitamos entender -luego o paralelamente-, que cambiar esa matriz no es algo que toca sólo a Bolivia, la crisis es planetaria y las búsquedas son globales. Si comprendemos lo que queremos cambiar, en su fondo, en sus estructura profunda, tendremos la potencialidad de un real aporte al cambio civilizatorio planetario, porque desde muchos lugares se busca ese cambio. Y creo que hoy por hoy, este pequeño país mediterráneo y frecuentemente tan aislado del mundo tiene, como nunca, la posibilidad de ese aporte. La posibilidad de ligar sus propios cambios a las necesidades de cambio de esta macrocultura toda. Estoy convencida que en Bolivia se está jugando mucho más que el destino del país.

Me parece que para Bolivia hoy es más difícil conseguir el “mar para Bolivia” que lograr varios océanos de comunicaciones bolivianas de futuro con el mundo. Y obviamente parece que lo segundo sería más ruptor de la mediterraneidad que lo primero.

Este es el sentido de la idea de que el mundo entero es mi tierra. Porque la tierra, la Pacha Mama , la Gaia es la gran madre que nos da vida y nos sostiene a todos y todas. Eso funda a las Matrias, no a las patrias.



3.- Las mujeres y la refundación de Bolivia

Tercero, si la matriz, o al menos la matriz principal para la imposibilidad de una buena vida es el patriarcado que se nos ha impuesto, a todas y todos sin duda, pero particularmente a las otredades, o sea a quienes no hemos participado de su construcción, en este caso a las mujeres y también los pueblos originarios.

Si en la patria y sus formas concretas de existencia y construcción social hemos sido la ausencia, la ajenidad, apenas tan sólo las reproductoras de valores y sentidos que no nos pertenecen, en los que no nos leemos pero que sin embargo hemos vivido, sufrido y lo que es peor: ayudado a reproducir; la hoy llamada refundación de Bolivia no puede concebirse sin una participación vertebral, imaginación, politización y diseño propio de y desde esa otredad salvo que se quiera repetir más y más de lo mismo.

Y el no hacer más y más de lo mismo no se da sólo por el hecho de ser otredades, o sea mujeres. Las mujeres no vamos a cambiar nada por el sólo hecho de ser mujeres.

Este es el sentido de que como mujeres también tenemos patria.

Las mujeres no nacimos en una probeta ni en Marte. La feminidad es una construcción de la masculinidad desde la cual somos colonizadas y frecuentemente tendemos a creer que esto es un destino que nos obliga a aceptar lo existente o a creer que no aceptarlo es pedirle a quienes tienen el poder y, peor aún, a los que han construido esta debacle social, nos permitan participar en su mundo, constriñendo con ello nuestra libertad, nuestra imaginación, nuestra potencialidad de pensar al margen de lo impuesto para nosotras.

El desafío que tenemos es pensar a Bolivia desde otro lado. Dejar de ser las víctimas que gritan para que los que tienen el poder nos resarzan de nuestra condición de víctimas, dejar de una vez por todas las demandas al que tiene el poder, que siempre terminan por darles el poder de darnos o negarnos para pasar a ser sujetos pensantes del mundo que queremos, sujetos que construyen la sociedad que desean.

Me ha tocado ver últimamente y ante la próxima asamblea constituyente, una fabulosa, increíble producción de demandas, listas interminables de demandas y más demandas que esas llamadas expertas que las están recogiendo y recopilando ya ni saben como ordenarlas, en que temática o acápite ponerlas. Con todo respeto a las compañeras que han trabajado y puesto su energía en ello y sin negar que esas demandas hablan de las necesidades de las mujeres, me parece que ese enfoque nos vuelve a encerrar en la víctima demandante y no permite dar el salto a pensar e imaginar la sociedad completa que queremos. El patriarcado puede conceder muchas demandas e incorporar (OJO dije incorporar) a las otredades a su mundo sin dejar de ser patriarcado.

4.- El patriarcado o el programa que nos constituye

Ahora bien, ¿Qué es el patriarcado, de que hablamos cuando apelamos a ese concepto para explicar y entender muchos aspectos de la realidad? ¿Por qué algunas insistimos en ese concepto mientras otras se han constreñido a explicarlo todo desde el género imponiendo incluso un antifeminismo con perspectiva de género?

Me parece importante tocar un poco esto porque muchas veces se tiende a creer que una sociedad patriarcal es aquella donde gobiernan los varones o en el mejor de los casos donde se dan expresiones y prácticas de machismo y por lo tanto se va a terminar si también gobiernan las mujeres y si se reglamentan y legislan castigos para disminuir estas expresiones machistas. Obviamente estas son expresiones de una sociedad patriarcal pero no son su base, son sólo eso: expresiones, síntomas de algo más profundo, de algo que impulsa y permite que la sociedad se viva de esa manera.

Y eso más profundo no sólo se expresa en las más burdas formas del machismo ni en la ausencia de mujeres en los gobiernos. Su expresión más radical está en la existencia de una macrocultura que, por lo menos en 3 o 4mil años, no sólo no ha podido construir sociedades más justas sino que – con todo y su gran desarrollo tecnológico- ha llevado a la humanidad al mayor desastre ecológico, a la mayor depredación de la naturaleza, a construido el mayor numero de pobres y míseros de la historia humana, ha dividido el planeta en seres de primera, de segunda y de tercera (los imprescindibles, los objetos de los daños colaterales, etc.) a concentrado la riqueza en cada vez menos manos, invierte el 60% de su producción en armas de destrucción, ha confundido la buena vida con el dinero y los bienes materiales, ha asesinado en sus últimos 100 años más personas por guerras que en toda la historia de nuestra humanidad, entre otras barbaries que llevaría todo el día enumerar. Y lo que es más significativo aún: no sólo no ha logrado que ninguna de sus más hermosas utopías cambien la situación sino que cada vez que alguna de estas triunfa, a poco andar, la cosa vuelve a fojas cero o se pone peor.

¿Por qué? Porque el patriarcado es una lógica, es una manera de entender la realidad y por tanto de construirla y vivirla. Es, por así decirlo, el programa básico que pone en funcionamiento los circuitos por donde pasan nuestros sentidos de nosotros y nosotras mismas. Lo que somos, lo que queremos, lo que vinimos a hacer al mundo y el cómo hacerlo. Por ello no basta tener las más buenas intenciones si estas se basan y concretan en el mismo programa básico.

Esa lógica, ese programa básico del patriarcado occidental, y me refiero al occidental, primero, porque creo que hay otros patriarcados, segundo porque no conozco ni medianamente bien los otros patriarcados ya que el que yo he vivido, sufrido y medio analizado es éste y tercero y fundamentalmente porque es el que se ha impuesto como el hegemónico y hoy por hoy, en esta su fase capitalista globalizada y globalizadora, estructura cualquier otro que pueda existir.

Esa lógica, ese programa básico del patriarcado occidental, decía, es una lógica dicotómica, jerárquica, lineal, excluyente y proyectiva que para entender el mundo necesita dividirlo hasta no poder volver a retomar y entender la relación de esas partes y menos su totalidad.

La palabra análisis viene del griego ana-lisis que significa dividir, dividir todo en partes para comprenderlo. En ese paradigma se basa la racionalidad occidental. Y ese paradigma es la base de la ciencia capaz de desarrollar la más sofisticada operación al cerebro pero incapaz de entender el funcionamiento completo del cuerpo ni la relación de esa enfermedad cerebral con otros aspectos de la realidad existencial y material.

Al dividirlo todo, necesita absolutizar esa división haciendo que la parte represente al todo. Y como concibe que sólo puede haber una verdad y no varias, esa parte “verdadera” representa al todo, las otras partes representan nada, son mentira, son la otredad, lo igual a cero. Esta es la base de la jerarquía dicotómica en la cual todo se divide en partes y siempre una parte es superior a la otra, por ejemplo: mente / cuerpo (donde la mente es superior al cuerpo; naturaleza / cultura, donde la cultura es superior a la naturaleza; blanco / negro; hombre / mujer; etc. etc. etc.

Si toda parte otra es igual a cero, la diferencia no es posible, no puede existir salvo que se subsuma en la parte jerárquicamente superior, aquella que representa lo universal, o sea salvo que se deshaga, desaparezca, dejando por lo tanto de ser otro para ser una parte de lo mismo, del uno supuestamente universal. Por ello en nuestra cultura se debe ser una cosa u lo otro, no se puede ser una y lo otro al mismo tiempo y menos ser otra cosa diferente de la hegemónica, se debe ser el uno o se es el cero, no se puede ser el 2 o 3 o 4 o 97, por ello en la política se está con migo o se es mi enemigo.

Esta racionalidad totalmente homogeinizadora, que siendo de base griega se articula con las mitologías judeocristianos, donde un dios único y masculino crea a la naturaleza y le ordena al varón dominarla (creando a la mujer para acompañarlo, servirlo y ayudarle en este proceso de dominación). Esto implica no sólo la absoluta oposición - separación del ser humano de la naturaleza sino la justificación místico-religiosa de la dicotomía sujeto objeto, el sentido de que esta, la naturaleza es inferior a él, el hombre, sujeto del proceso de dominación (proceso al que se le llama cultura) y la naturaleza el objeto a dominar. Hacerlo es cumplir el mandato de dios, por lo que el ser humano no tiene ninguna responsabilidad frente a la naturaleza, su responsabilidad es frente a esa divinidad única y masculina.

En la medida en que se ha desarrollado estos paradigmas a través de la ciencia patriarcal, la física, las matemáticas (con Descartes, con Newton y otros señores en la ciencia y con señores como Hegel y su dialéctica en lo social) este paradigma fundador llegará a su máximo despliegue en la cultura occidental industrialista que se inicia en el renacimiento donde el individuo se separa del todo de la naturaleza poniéndose como el centro de todas las cosas, haciendo de la razón la posibilidad única para la construcción de mundo y control total de todo. Despliegue que se expresa en el colonialismo, el racionalismo, el cientificismo y el industrialismo del S XX.

Así, la economía llega a ser sólo un juego racional de cifras matemáticas, la llamada macroeconomía, que nuestras vidas nos dicen que funciona totalmente separada, escindida de la realidad humana y sin embargo es científica, a sido analizada y planteada desde los parámetros de este cientificismo teológico. Es un producto de la ciencia de los actuarios, o sea de los matemáticos de la economía.

5.- Bolivia, terquedad patriarcal y resistencia

Desde esta lógica, por ejemplo, si el llamado tercer mundo, o Bolivia, no logra conseguir lo que la ciencia de los actuarios y economistas ha definido como el camino correcto, el único, el que en alguna parte se demostró como posible, es porque el tercer mundo, o Bolivia, está mal y hace las cosas mal; o sea si el paradigma no coincide con la realidad, como es “científico”, es la realidad la que está mal, no el paradigma. Recordemos que para el paradigma patriarcal occidental, la verdad es una sola, no puede haber dos o más verdades, sólo una tiene la razón. Además en tanto método escindidor de la realidad, no puede ver la relación entre las partes; por ejemplo, que ese paradigma económico funcionó en una parte del planeta porque en otra parte pasaba algo que lo permitió. Dicho en historia y en concreto: la economía supuestamente exitosa en el llamado primer mundo no se debe al paradigma científico aplicado sino a su condición de posibilidad, o sea a que se apropió de la riqueza del llamado tercer mundo y que fue la base (y lo sigue siendo) para esa posibilidad. Recordemos que para el paradigma patriarcal occidental una particularidad demostrada en alguna parte pasa a ser universal, inmediatamente es la jerárquicamente válida y la que anula todas las demás. Se transforma en una universalidad válida en si misma independientemente de las demás partes del sistema al que pertenece.

Un derivado de este paradigma patriarcal occidental es la idea de progreso, de desarrollo. Idea que pareciera ser incuestionable, un deseo y una necesidad per se y hoy en la boca y nombres de cuanta organización, institución o programa que desea hacer algo por mejorar la realidad o que cree poder hacerlo.

Si la cultura se entiende como el desarrollo de la racionalidad paral dominar la naturaleza y la cultura es lo que supera al estado natural o salvaje del medio, y es el hombre el designado por dios para cumplir esto, entonces el ser humano pasa a ser un algo por encima de la salvaje madre natura.

El concepto de desarrollo es esto mismo pero en el momento histórico en que los paradigmas científicos patriarcales han logrado desarrollar la razón matemática para un control tecnocrático de alto nivel sobre el entorno natural y social. El papá del concepto de desarrollo, o sea el de progreso, es el que marca ideológicamente a la revolución industrial, esa suposición de que podemos producir por encima de la naturaleza y del medio biológico que nos sustenta, ¡todo!, cualquier cosa que imaginemos y en cualquier cantidad. Que podemos, ahora sí, llegar a la productividad prometeica que nos asemeje a ese dios que nos dio el mandato inicial, o tal vez continuar y concluir su obra.

La idea de desarrollo reemplaza a la de progreso cuando esta se hunde en la gran depresión de los años 30 y cuando el proceso de ampliación de la tecnología de guerra que genera la segunda guerra mundial impulsa una compulsiva industrialización y producción de bienes materiales junto a una explotación intensiva de la naturaleza.

El concepto de desarrollo es la apoteosis de la unión matrimonial de la racionalidad científica patriarcal con la idea de dominar la tierra y la naturaleza. No en vano esta idea la lanza y universaliza Harry Truman, el mismo que después de lanzar las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagaski dijo: “este es el suceso más grande de la historia”. Efectivamente en su lógica tenía razón, ha sido el suceso más grande de la historia patriarcal porque fue el suceso real y simbólico de la mayor capacidad destructiva unido a la mayor capacidad de inventar y construir barbaridades. Después vendría, como corolario lógico, la explotación intensiva de la tierra con los químicos contaminantes, la manipulación genética de las plantas y luego de animales y humanos, la apropiación intensiva de todo espacio natural, los transgénicos entre otras, es decir por fin se había logrado ese sueño de hacer de la tierra, de la pacha mama, de la gaia esta tábula raza al servicio del dominio y del hombre el mayor constructor de objetos materiales y de muerte.

La instalación universal de la idea de desarrollo implica, por lo menos, tres cosas graves: una es la idea que para ser felices debemos producir y producir bienes materiales de la que surge la idea de crecimiento económico, el que no crece en este sentido está perdido, es un pobre infeliz que no podrá alcanzar el paraíso patriarcal, la segunda es que la tierra tiene la capacidad de soportar esto hasta el infinito, por eso ahora sólo se habla de desarrollo sustentable sin poner en cuestión la idea base de desarrollo y la tercera es la idea de que esto es posible, necesario y deseable en todas partes, la globalización como la imposición universal del uno cero.

Hemos entrado al nuevo siglo con el triunfo apoteósico del patriarcado. Al parecer quedan dos posibilidades, o una inteligencia lúcida y creativa para cambiar esto o un posible y desastroso final. Hay sin duda –y por todas partes- signos de cambio y a ellos debemos y necesitamos apostarle.

Ahora bien, a partir de aquí surgen dos preguntas. La primera es ¿por qué denominamos esta lógica que ha construido esta realidad como patriarcal? Y la segunda ¿Qué implicancia tiene entender todo esto para la política feminista del Bolivia del aquí y del ahora?


6.- ¿Por qué denominamos esta lógica que ha construido esta realidad como patriarcal?

Toda esta lógica es patriarcal porque se produce a partir de la experiencia corporal del varón. La experiencia de un cuerpo que no tiene en sí una relación con el dar vida y con el nutrir y por tanto su trascendencia no está ligada a la tierra, al dar vida sino a simbolizar esa vida a través de la razón. De allí el desprecio por el cuerpo. De allí la necesidad de controlar nuestros cuerpos de mujeres. De allí que se sienta el dueño de esa capacidad de lo humano que es el pensar y construir mundo.

Los grandes momentos de la construcción del patriarcado se han dado sobre verdaderos feminicidios.

La fundación patriarcal de occidente se hizo sobre la anulación y asesinato de otra lógica que no era patriarcal y por tanto del asesinato de mujeres y de su significado en lo humano. Basta leer con otra óptica la mitología griega, sus violentas peleas por las mujeres, su exigencia de obediencia por parte de ellas, las violaciones constantes que fundan sus personajes, la historia de Atenea que niega a su madre y argumenta que ella es prueba viviente de que matarla no constituye asesinato alguno porque ella nació de la cabeza de su padre Zeus y que la madre sólo es el receptáculo de la capacidad de dar vida del padre, mito que significa no otra cosa que dejar sentado que asesinar la cultura que proviene de lo femenino no es asesinar nada porque la cabeza del padre, o sea la racionalidad, es la cultura, entre otras muchas cosas para empezar a comprenderlo con profundidad.

Pero además esto va quedando cada vez más probado con la arqueología y los nuevos paradigmas y lentes con los que se van leyendo los restos materiales de esa otra época. Ya no puede decir nadie que las miles de figurillas femeninas que se han encontrado por toda Europa son sólo el Play Boy de la antigüedad. Ya no puede negarse que antes de los dioses del olimpo hubo civilizaciones que se basaban en un principio femenino, no en tanto “lo femenino” como la entendemos culturalmente hoy, sino en tanto naturaleza, procreación, alimentación, dar frutos, cuerpo por donde pasa la vida, como principios de lo femenino/naturaleza, y que, tal vez sin ser culturas perfectas, fueron sociedades que lograron no sólo la primera gran revolución tecnológica de la historia: la agricultura, que implicó el gran salto en la inteligencia y posibilidades humanas, sino que además siglos de vida pacífica, una justicia económica y social bastante más equilibrada, lúdica, estética, sensual y placentera que la posterior y una relación más simbiótica con la naturaleza que después se pierde. En el arte cretense, por ejemplo, no hay una sola imagen de guerra ni de violencia, sus personajes son sensuales, sexuales y gozosos.

Acercarse a ello es no sólo bello y significativo para las mujeres sino principalmente esperanzador para la humanidad entera. Otra lógica y otra vida es posible, si ya existió puede volver a existir, nunca en la misma dimensión, en una nueva, desconocida, pero puede volver a darse algo similar. La circularidad de la vida así nos lo indica.

Los paradigmas de la racionalidad absoluta que se crean en la época llamada de oro de la Grecia , se dan en la ciudades, en la civilitas, símbolo por excelencia de la razón y la cultura y ciudadanos eran sólo los varones de la estirpe de la nación a la que pertenecían y se ha escondido muy inteligentemente el papel primordial que jugaron las mujeres previas a los filósofos griegos en el pensamiento. Tuvo que llegar el nuevo feminismo para sacar a luz que fue Diótima la gran maestra de Aristóteles y que fue ella la gran cuidadora y alimentadora de la monumental biblioteca de Alejandría.

La creación de dioses únicos y masculinos, llámese Alá o Jehová, y en el caso judeo-cristiano un dios que crea al hombre a su imagen y semejanza y le ordena dominar la naturaleza habla, más que de ese dios, de quién en realidad lo creó a su imagen y semejanza y le dio el papel de sacralizar su deseo separándose de la naturaleza, lo femenino, y en consecuencia de la mujer. Ese dios saca a la mujer de la costilla del hombre y le da por papel servirle y ayudarlo en su obra de dominio, o sea de cultura e historia. La mujer es sacada de tajo de la potencialidad de lo humano, o sea de pensar y producir. El dios masculino y único que funda nuestra civilización monoteísta, es imagen y semejanza del varón y no al revés.

Decíamos antes que los grandes momentos de la construcción del patriarcado se han dado sobre verdaderos feminicidios.

Para hacer posible la racionalidad matemática absoluta e instalarla como el paradigma hegemónico tenía que acabarse con cualquier otra lógica que hubiera resistido a estos embates. Por ello el renacimiento y la posibilidad de la revolución industrial se hizo, entre otras barbaries, con la matanza de brujas, o sea con el asesinato cuasi definitivo de otras lógicas, de otros conocimientos. Para que el ginecólogo fuera reconocido como el científico y verdadero conocedor de nuestro aparato reproductivo tenían que acabar con las parteras y medicas que usaban otra forma del conocimiento para atendernos. Eran lo otro de la ciencia, el cero frente al uno absoluto, eran brujas. Nuevamente se unían en asesina cópula la ciencia y la religión. Para que la psiquiatría fuera la verdadera ciencia de la mente tenían que acabar con el uso de rituales de purificación y sanación basados en una lógica de empatía sinergética. Para que la separación de la razón y la naturaleza fuera absoluta tenía que terminarse con el conocimiento práctico de las hierbas y de los productos de la pacha mama y dar entrada a los remedios de laboratorio. Como la verdad es sólo una y no puede haber más verdades, todo lo que no era considerado la verdad demostrable por la razón lógica, con algún pedacito del lóbulo izquierdo del cerebro, debía ser extirpado de raíz. Esa extirpación significó el asesinato de 8 millones de mujeres llamadas brujas. Y el precio que pagamos las mujeres por este salto del patriarcado no sólo fue ese feminicidio sino además, la pérdida definitiva de la autonomía sobre nuestros cuerpos y el olvido de muchas sabidurías ancestrales propias y autónomas como el control de nuestra natalidad a través de las hierbas de la madre tierra. Tuvimos que esperar varios siglos llenándonos de hijos no deseados hasta que los científicos descubrieran la píldora y la perspectiva de género le exigiera al papá Estado se haga cargo de nuestra salud reproductiva. ¿Cuál fue el progreso? Pues el paso de nuestros cuerpos auto controlados y ligados a la madre tierra a cuerpos controlados por papá Estado y en manos de las farmacéuticas.

Ahora vayamos a la última pregunta: ¿Qué implicancia tiene entender todo esto para la política feminista del Bolivia del aquí y del ahora?

7.- Desarrollismo patriarcal y el Bolivia del aquí y del ahora?

Para darle unas vueltas a esto me parece que hay que intentar ponerle palabras a otra pregunta ¿Qué es lo que está pasando en la Bolivia de Hoy?

No tenemos aquí el tiempo para hacer una larga historia pero quiero centrar algunos elementos históricos básicos:

1.- El país llamado Bolivia se crea bajo la influencia ideológica de la modernidad occidental. Los llamados padres de la patria: Bolivar Sucre etc. estaban ligados absolutamente a la ideología de la burguesía modernizadora post revolución francesa y pre revolución industrial. En esa medida su ideal era un ideal occidental europeizante.

2.- Las élites políticas que vinieron después, hijas de las fundadoras, obviamente también elites blancas, europeizantes, de mentalidad colonial, miran al Norte como modelo, y ese norte es el paradigma de la racionalidad científica – industrialista: el progreso, la industrialización intensiva, sea este en su versión liberal o revolucionaria marxista. Revolución para el desarrollo o liberalismo económico para el desarrollo.

Sin embargo, la esencia misma del paradigma con el que se leen y leen las posibilidades nacionales, les impide ver dos elementos fundamentales. Primero el todo de ese paradigma, o sea que la posibilidad del desarrollismo industrial del norte tiene como posibilidad sin e que non el que el sur sea y siga siendo el proveedor de materias primas, por lo tanto la imposibilidad intrínseca de una industrialización semejante a la del norte y segundo que en estas tierras andinas, la mayoría de las mayorías tiene una lógica vertebral absolutamente diferente a la occidental, una lógica agraria, ligada a la tierra, animista y por tanto con capacidad de entender la vida que hay en todo y la relación de las partes para esa vida y que su buena vida no está relacionada a la producción de objetos sino al equilibrio existencial y ritual con el medio y que se resistirá de mil maneras a subsumirse en esa otra visión de la realidad. Me refiero a la lógica indígena, andina o como quiera llamársela. Lógica que para se dé el paradigma occidental debe ser “modernizada” porque se interpreta como un resabio, un atraso. Así tanto la versión revolucionaria como la versión liberal coinciden: hay que industrializar el acampo, proletarizar al campesino y desindianizar al indio.

Por ello la revolución del 52 transforma al indio en “campesino”, lo semiproletariza a través de organizarlo en sindicatos y de aliarlo al que imaginaba sujeto de la historia: al proletariado, léase alianza obrero campesina.

¿Resultado?, el más absoluto fracaso. Bolivia nunca se moderniza ni económica ni políticamente, el campo no se industrializa ni logra una producción intensiva, la obra redentora del desarrollo no se da, al contrario, el campo se empobrece, la producción no aumenta, el país sigue viviendo de la extracción e importación de materias primas, la población indígena pauperrizada es expulsada de sus lugares de origen y Bolivia se va transformando en uno de los países más pobres del continente.

La estupidez y la perversión de las elites gobernantes no está ni siquiera en su espíritu de rapiña, su corrupción, su estulticia, su arrogancia. Está en el paradigma al que sirven, en la ceguera para ver que hay más de una lógica, que no pueden transformar esas otras lógicas anulándolas, que estas resisten a través de los siglos no por machos, por tercos o por valientes sino porque, precisamente, tienen otra lógica, otra cosmovisión que desde la simple resistencia pone constantemente en cuestión a la dominante hasta hacerla prácticamente imposible.

La imposibilidad de que Bolivia sea otro Chile, otro tigre de la Latinoamérica neoliberal está principalmente en sus indios. Por suerte. Por que lo que Bolivia está sacando a la luz con sus insurrecciones del siglo XXI es no sólo la puesta en cuestión del modelo neoliberal (esa apoteosis del patriarcado capitalista), sino, por un lado, la posibilidad de poner en cuestión la esencia misma del paradigma occidental racional y judeo cristiano y por otro lado está mostrando la realidad de que existen otros paradigmas, otras cosmovisiones, otros acercamientos a la vida, a la sociabilidad, a la cultura, a la economía que pujan por construirse alternativa, propuesta y posibilidad de cambio. ¿Por que? Porque su memoria histórica les dice que es posible, que alguna vez tuvieron buena vida, una suma q´amaña , así como a las mujeres la recuperación de nuestra propia historia nos dice que es posible otra realidad no patriarcal.

Aquí está el punto de unión, de colaboración, de encuentro entre feminismo y cosmovisión india, indígena, andina o como quieran llamarla.

7.- Feminismo, política y la refundación de Bolivia

Desde occidente quien ha puesto en cuestión la lógica occidental patriarcal es sin duda el feminismo (y la física cuántica por cierto).

Sin embrago si bien el feminismo en cuanto cuerpo teórico y filosófico tiene esa potencialidad, en cuanto movimiento socio político, por lo menos en lo que se conoce como su mainstream , ha ido cada vez más –y en toda Latinoamérica- enganchándose en los paradigmas hegemónicos, en la política tradicional y masculina y en los mandamientos del occidente del norte.

Algunas de sus características son, por ejemplo, la total dependencia de su quehacer con las políticas que se dictan en el primer mundo para la sociedad civil del sur. Las estrategias, llamadas agendas, no se definen con las mujeres de aquí sino en reuniones internacionales norte-sur y en hoteles de cinco estrellas. Se desarrolla una relación más fuerte con el Norte que con las mujeres locales. La política se transforma en una pura interlocución con el Estado hoy llamado “lobby con las autoridades”, misma que es llevada en horarios de oficina, con salario y vacaciones. Los tiempos y ritmos ya no se definen en función de las mujeres del país sino en función de los calendarios de los organismos internacionales. El Movimiento feminista deja de ser tal para pasar a ser el ideal del poder socioeconómico patriarcal, es decir: una red de funcionarias, estructuradas en lógicas, tiempos y ritmos oficinescos que manejan sus políticas, léase agendas, a través de mantener una red mayor o menor de beneficiarias -que, por lo demás, son atendidas por las capas intermedias, jerárquicamente inferiores dentro de esta nueva clase tecno politica- beneficiarias que a cambio de algún servicio pasan a ser los números de los informes que permiten nuevos donativos de las agencias internacionales para reiniciar el círculo. El pensamiento feminista se transforma en papers sociológicos y estadísticos que llenos de aburridos cuadritos y grafiquitas hechas en Power Point o Excel, circulan entre las mismas iniciadas de este fem set como parte del currículo productivo y de prestigio que, a nombre de las mujeres, viabiliza los saltos profesionales de las jerarquías superiores del género.

No voy a darle más vueltas a esto porque creo que se ha tocado muchas veces. Y aunque sería necesario e importante desglosar esta historia a partir de las vertientes anteriores y el origen de las ONGs nacionales, en tanto hijas de la catequización colonial y del ayudismo y la caridad como parte de la oferta redentora del progreso, por la falta de tiempo y la extensión de estas reflexiones me voy a limitar a destacar algunas de las implicancias que la descripción de más arriba tiene en términos de política, de los desafíos nacionales primero y generales después y del avance en el pensar y hacer mundo desde las mujeres.

-La primera y la que me parece vertebral, es el cómo esta estrategia del mainstream feminista ha devuelto el hacer nuestro al paradigma patriarcal occidental. ¿En que sentido?:

Primero en la apropiación como verdad absoluta que han hecho del paradigma del desarrollo. Todo este quehacer es en función de ese imaginado desarrollo, las mujeres tienen que ser parte de la imaginación del desarrollo, incorporarse al supuesto desarrollo, disfrutar de los supuestos beneficios de un supuesto desarrollo. Todo es “la mujer para el desarrollo”. Realmente ¿creen que en Bolivia hay alguna cosa que pueda llamarse desarrollo, realmente creen en ese paradigma, creen que es posible su implantación, creen que esa idea de bienestar desarrollista industrialista, que ha demostrado su fracaso absoluto como posibilidad de mejora cualitativa de la vida es la que necesitan las mujeres bolivianas, la que sea posible en el país? Si el feminismo ha sido el que ha puesto primero en cuestión sus bases, sus paradigmas es posible que sea ahora el mismo feminismo el que lo levante como el panacea para las mujeres? ¿No es acaso esto el encerrar las posibilidades del feminismo en las cárceles del patriarcado?

Segundo: en la retoma de la dicotómica división sujeto objeto. Esta división, además jerárquica entre las mujeres y sus instrumentos de lucha ha vuelto ha hacer de las mujeres objetos, son objeto de estudio, objeto de análisis, objeto de proyectos, objeto de servicios, objeto de financiamiento, objeto de políticas públicas, etc. ¿Y que pasó con la mujer sujeto, sujeto de su historia, sujeto de su destino, sujeto de su propio autodescubrimiento y autoconocimiento, con la mujer para sí? ¿Y que pasó con la superación que el feminismo planteaba de esa dicotomía sujeto objeto?

Tercero: la división sujeto objeto implica su corolario, la escisión para la comprensión. El ana-lysis. Y con ello se ha vuelto a escindir a la mujer, y cuando apenas empezaba a encontrar su integridad corporal, a ejercitarlo, a probarlo, en nombre del conocimiento científico y riguroso, sin preguntarse ¿Cuál ciencia, cual cientifisismo? Se nos ha vuelto a partir en pedacitos de estudio, de objeto de Studio, por supuesto y ahora se trabaja mujer y salud reproductiva por un lado, mujer y mortalidad/morbilidad, por otro, mujer y producción económica, mujer y violencia, mujer y esto, mujer y lo otro. Para ello se han creado expertas de estas parcialidades y lo que es peor todo esto se ha transformado en la política de las demandas parciales, la política de la parcialidad demandista, que también tiene un corolario propio, la imposibilidad de pensar, desde ahí, la relación de las cosas, la relación, para dar sólo un par de ejemplos que tiene la lógica de la violencia, todas las expresiones de la violencia, allí donde están, o sea en todo o casi todo, con la violencia hacia las mujeres, lo que sin duda traería un cambio completo del quehacer político; la imposibilidad de pensar la sexualidad (hoy enfocada como salud reproductiva: ¡vaya idea tan limitante!) ligada al sentido del placer, al la construcción completa de los deseos, al cuestionamiento de la familia heterosexual, monogámica y patriarcal (ahora se habla de distintos tipos de familia como si la familia fuera un bien a defender y mantener en sí mismo), a la concepción del cuerpo, etc. Lo que sin duda traería un cambio completo del quehacer político.

Cuarto: dentro del mismo occidente, la única otredad que la lógica anulante occidental patriarcal no pudo reducir a ser un semejante a sí mismo, fueron las mujeres. Las mujeres dentro de occidente seguimos siendo la otredad de occidente. De ahí, por ejemplo, la idea de la Wolf de que “como mujer no tengo patria”, de ahí que las experiencias fundamentales de la masculinidad occidental, como la guerra, no pudieran ser experiencias de las mujeres sino fundamentalmente de los varones. Sin embargo este feminismo igualitario, que cree que toda posibilidad y experiencia del varón debe ser compartida equitativamente por las mujeres y que nuestro papel de feministas es incorporarse al mundo construido por ellos, está logrando que ahora se universalice de verdad lo que no había logrado ser universal. La entrada de las mujeres a los ejércitos, para nombrar sólo un ejemplo, tiene como consecuencia, que ahora la experiencia de matar a nombre de una idea, una patria, una conquista, una dominación o lo que sea, sea también una experienca de las mujeres, o sea una experiencia universal.

Es una política y una concepción dia-bolica contra la necesidad de una política sim-bolica. Porque ¿sabían ustedes que diabólico viene del griego dia-bolein que significa escindir, mientras que simbólica viene de sym-bolein que significa conjuncionar, articular?

Me parece que encerradas en este paradigma, no se podrá nunca pensar la totalidad, por ello este mainstream desterró de sus conceptos y de su léxico el concepto de patriarcado para sustituirlo por el de género. El concepto de patriarcado implica entender la matríz, el programa que nos constituye. El concepto de género es un concepto útil sólo para entender los elementos y las formas de relación entre los géneros, en un medio concreto y en un momento específico, no designa una lectura ni una idea de mundo, sólo la forma en que se relacionan hombres y mujeres en una realidad ya dada y su máxima posibilidad es mejorar esa relación pero no cambiar el programa, la receta que constituye una realidad. Y cómo ahora se ha descubierto que no hay dos géneros sino decenas, todos los que inventemos, pues ya ni siquiera designa la relación entre hombre y mujer. Debe ser por ello que lo ha adoptado desde el pentágono, pasando por el ejército gringo, y terminando en Bush. ¡Que lo descubra el ayatola Homeiny o Bin Laden y seguro que lo adoptan! El único que se resiste aún a adoptarlo es el Papa aunque parece que este último ya ha mencionado un par de veces la palabrita esta.




8.- Cosmovisión andina, feminismo y paradigmas para la refundación

Ahora bien, si desde los propios cuestionamientos que el occidente patriarcal ha hecho sobre su macrocultura surgen tantas preguntas y necesidades de re-visión y también alternativas de cambio. Lo que Bolivia nos está planteando ahora es la posibilidad real de articular estas miradas transformadoras con otras cosmovisiones que de siempre han contradicho la univocidad del paradigma patriarcal occidental.

La cosmovisión andina no es una cosmovisión de dia-bolein sino de sym-bolein. Donde nada esta aislado sino articulado, todo depende de todo y depende de diferentes maneras. Lo que está pasando en Bolivia implica para ambas partes mirar al otro y hacerlo de otra manera. Al menos las culturas originarias han conocido a occidente, por imposición, con sangre y dolor, pero occidente no ha mirado a esa otredad. Occidente en general desprecia lo que ignora y desea conocer sólo lo que es uno, lo que le refleja su espejo, es una cultura onanista y autista y a la occidental boliviana se le suma su espíritu colonialista específico y fraguado en la relación de dominio concreto sobre la otredad india.

El feminismo imperante no está ajeno de esto, la institucionalidad ha mirado a las mujeres de las naciones indígenas sólo como víctimas que no han podido disfrutar de su imaginario desarrollo. Las ha visto siempre como pobres, como víctimas y como tales se ha comportado con ellas y también, hay que aceptarlo, ellas, producto de su real pobreza, han jugado ese juego hasta, frecuentemente, creérselo.

Lo que el mundo andino tiene para aportar es mucho porque se trata de una cosmovisión no dicotómica, integradora y holística, que ha mostrado históricamente no sólo una relación con el medio ambiente y la naturaleza sana y no depredadora sino inclusive capaz –su historia lo dice- de dar muchos y suficientes alimentos y donde las partes diferentes, por muy diferentes que sean no son antagónicas ni se anulan sino tienen la potencialidad de complementarse.

¿Significa esto que es una cosmovisión no patriarcal, no lo creo, me parece que no podría afirmar que no lo sea, ya que la situación de las mujeres, la violencia contra ellas no parecería demostrar esa hipótesis. El chachawarmi funciona cuando se trata de complementar elementos femeninos y masculinos, por ejemplo, de la naturaleza, pero no me parece que funcione más que como un supuesto y un discurso cuando se trata de hombre concreto y mujer concreta, la violencia hacia las mujeres en el mundo indígena es tan amplia y profunda como en el mundo blancoide mestizo, occidental. Y no creo que esto sea, como afirman sus defensores, por la pura influencia K´ara (blanca) .

La situación y la vida de las mujeres dentro del mundo indígena, al menos el andino que es el que más conozco, no es un ejemplo para nadie. Está lleno de formas masculinistas, de violencia hacia ellas, de invisibilización, aunque los líderes, secundados por mujeres, nos quieran vender la falacia de que en sus comunidades las mujeres son iguales, felices, completas.

Sin embargo veo la posibilidad de que muchos de los paradigmas indígenas aporten, por ejemplo y por lo menos, un ecologismo radical y eso para las mujeres podría ser muy significativo porque implica un replanteamiento profundo de la relación con el cuerpo, con el espacio, con la tierra. Cuidar la tierra significa cuidar el cuerpo y relacionarse desde un principio del cuidado no del control. Y eso si se ve, se trabaja y se potencializa con ojos feministas de nuevo tipo, puede implicar un elemento central en la reconceptualización general de la política.

La posibilidad de potenciar al feminismo en tanto cuerpo filosófico y politico con una crítica profunda a los paradigmas occidentales patriarcales, en Bolivia, está dada como en ninguna otra parte del mundo y lo está por la posibilidad hoy abierta de articularsen, en esto sí, complementariamente a los paradigmas otros que plantea el mundo indígena andino. El feminismo puede aportar enormemente a entender que pasa con la vida de las mujeres en el mundo de los pueblos originarios y además tal vez desentrañar el por qué pasa eso dando una verdadera fuerza a las mujeres, el feminismo puede aportar en el potenciamiento y enriquecimiento de las visiones que se muestran como otras miradas alternativas, enriquecerlas y enriquecerse a si mismo así como las miradas otras a la occidental pueden potenciarse enormemente si incorporan las críticas y las miradas que el feminismo tiene para aportar. Bolivia lo necesita y el mundo lo espera.

Repensar Bolivia desde el feminismo, refundar Bolivia desde el feminismo no es hacer una lista interminable de demandas, no es ni siquiera exigir la tan mentada equidad ¿equidad en que marco, con quién y con que sueños y proyectos de sociedad y conviabilidad?

El feminismo como movimiento, debe romper con los elementos que lo han vuelto a meter en los paradigmas patriarcales occidentales, retomar su radicalidad, su imaginación, su independencia, su potencia creadora. El feminismo como cuerpo filosófico debe, por un lado, retomar su capacidad de poner en cuestión, no la ausencia de mujeres en el poder, sino al poder mismo y el poder sigue siendo el poder patriarcal occidental con sus miradas, visiones, religiones, creencias y paradigmas científisantes. Pero también debería, primero tratar de comprender donde están los elementos “patriarcales” de las cosmovisiones indígenas y segundo poder ponerlas en cuestión y aportar a su cambio.

Articular su historia con la historia de las otredades, articular su mirada con las otras miradas que han puesto en cuestión a los paradigmas occidentales patriarcales y sus ofertas de paraísos imposibles. Y articular lo mejor de ambos mundos implica otro modo de pensar y hacer política, buscar una política de sinergia, de complemetación de articulación. Y esta no se hace ni sólo pensando la totalidad pura, no sólo pensando las partes separadas.

La Bolivia de las mujeres no se repiensa ni se refunda planteando una nueva constitución donde simplemente se instaure la equidad, se legisle la salud reproductiva , garantías legales ante la violencia contra las mujeres y fondos materiales seguros para que las mujeres tengan proyectos productivos e ingresos, o sea pensando a las mujeres como una parte escindida del todo y del resto que sólo debe relacionarse con el o los otros géneros con equidad sin importaren que marco socio político y económico lo hagan.

La Bolivia de las mujeres es la Bolivia de todos, y la Bolivia de todos es la de las mujeres. La Bolivia de las mujeres debe repensarse mirando y repensando la totalidad que es pensar articuladamente cada uno de sus componentes en tanto partes que permitirán el funcionamiento del todo y que lo constituyen, Mirar su espacio y pensarlo desde nosotras, mirar su potencialidades geográficas y ecológicas y repensarlos desde nosotras, mirar su educación y repensarla desde nosotras, mirar su arte y repensarlo desde nosotras, mirar sus mitos y leyendas y repensarlas desde nosotras, mirar sus espiritualidades y repensarlas desde nosotras, o sea mirarlo todo, desde el todo y desde sus partes buscando entender como se determinan.

Nuestra tarea es grande y aunque urge y estamos constreñidas a tiempos y urgencias que no necesariamente coinciden con las nuestras, debemos, al menos aprovechar los desafíos planteados para empezar a hacerlo. De otra manera, las mujeres seguiremos siendo las víctimas, tal vez y con suerte, un poco más resarcidas, pero las víctimas siempre sin lograr entrar al estatuto de humanas que piensan y construyen mundo.



(*) este artículo lo escribí en abril del 2006, poco después de regresar a Bolivia y fue adaptado para ser leido en el V Encuentro Feminista Boliviano.

ximena@creatividadfeminista.org
Los feminismos a través de la historia.
Capítulo IV.

"Feminismo de la diferencia y últimas tendencias”. por Ana de Miguel / Creatividad Feminista recibido a través de Modemmujer

g) Feminismos de la diferencia

Según el exhaustivo e influyente análisis de Echols, el feminismo radical estadounidense habría evolucionado hacia un nuevo tipo de feminismo para el que utiliza el nombre de feminismo cultural. La evolución radica en el paso de una concepción constructivista del género, a una concepción esencialista. Pero la diferencia fundamental está en que mientras el feminismo radical -y también el feminismo socialista y el liberal- lucha por la superación de los géneros, el feminismo cultural parece afianzarse en la diferencia. En Europa, especialmente en Francia e Italia, también han surgido al hilo de diferentes escisiones o disensiones dentro del movimiento feminista de los setenta, feminismos que se autoproclaman defensores de la diferencia sexual. De ahí su designación como feminismos de la diferencia frente a los igualitarios.
· Feminismo cultural
El feminismo cultural estadounidense engloba, según la tipología de Echols, a las distintas corrientes que igualan la liberación de las mujeres con el desarrollo y la preservación de una contracultura femenina: vivir en un mundo de mujeres para mujeres (36). Esta contracultura exalta el "principio femenino" y sus valores y denigra lo "masculino". Raquel Osborne ha sintetizado algunas de las características que se atribuyen a un principio y otro. Los hombres representan la cultura, las mujeres la naturaleza. Ser naturaleza y poseer la capacidad de ser madres comporta la posesión de las cualidades positivas, que inclinan en exclusiva a las mujeres a la salvación del planeta, ya que son moralmente superiores a los varones. La sexualidad masculina es agresiva y potencialmente letal, la femenina difusa, tierna y orientada a las relaciones interpersonales. Por {ultimo, se deriva la opresión de la mujer de la supresión de la esencia femenina. De todo ello se concluye que la política de acentuar las diferencias entre los sexos, se condena la heterosexualidad por su connivencia con el mundo masculino y se acude al lesbianismo como única alternativa de no contaminación (37). Esta visón netamente dicotómica de las naturalezas humanas ha cuajado en otros movimientos como el ecofeminismo de Mary Daly y el surgimiento de un polémico frente antipornografía y antiprostitución.
· Feminismo francés de la diferencia
El feminismo francés de la diferencia parte de la constatación de la mujer como lo absolutamente otro. Instalado en dicha otredad, pero tomando prestada la herramienta del psicoanálisis, utiliza la exploración del inconsciente como medio privilegiado de reconstrucción de una identidad propia, exclusivamente femenina. Entre sus representantes destacan Annie Leclerc, Hélène Cixous y, sobre todo, Luce Irigaray. Su estilo, realmente críptico si no se posee determinada formación filosófica, o incluso determinadas claves culturales específicamente francesas, no debe hacernos pensar en un movimiento sin incidencia alguna en la práctica. El grupo "Psychanalyse et Politique" surgió en los setenta y es un referente ineludible del feminismo francés. Desde el mismo se criticaba duramente al feminismo igualitario por considerar que es reformista, asimila las mujeres a los varones y, en última instancia, no logra salir del paradigma de dominación masculina. Sus partidarias protagonizaron duros enfrentamientos con el "feminismo", algunos tan llamativos como asistir a manifestaciones con pancartas de "Fuera el feminismo", e incluso acudieron a los Tribunales reivindicando su carácter de legítimas representantes del movimiento de liberación de la mujer. Tal y como relata Rosa María Magdá:

Las batallas personales, la defensa radical o no de la homosexualidad y las diversas posturas con los partidos políticos han sido también puntos de litigio para un movimiento excesivamente cerrado sobre sí mismo, que plaga sus textos de referencias ocultas y que, lejos de la acogedora solidaridad, parece muchas veces convertirse en un campo minado (38).

· Feminismo italiano de la diferencia
Sus primeras manifestaciones surgen en 1965, ligadas al grupo DEMAU. Otro hito importante será la publicación en 1970 del manifiesto de Rivolta femminile y el escrito de Carla Lonzi, Escupamos sobre Hegel (39). Las italianas, muy influidas por la tesis de las francesas sobre la necesidad de crear una identidad propia y la experiencia de los grupos de autoconciencia de las estadounidenses, siempre mostraron su disidencia respecto a las posiciones mayoritarias del feminismo italiano. Asó lo hicieron en el debate en torno a la ley del aborto, en que defendían la despenalización frente a la legalización, finalmente aprobada en 1977, y posteriormente en la propuesta de ley sobre la violencia sexual. Esta propuesta, iniciada por el MLD, la UDI y otros grupos del movimiento de liberación, reivindicaba, entre otras cosas, que la violación pudiese ser perseguida de oficio, aun contra la voluntad de la víctima, para evitar las frecuentes situaciones en que las presiones sobre ésta terminaban con el retiro de la demanda. En este caso, como en el del aborto, se considera "lo más inaceptable" que las mujeres "ofreciesen ese sufrimiento concreto a la intervención y la tutela del Estado, diciendo actuar en nombre de todas las mujeres" (40). Mantienen que la ley del hombre nunca es neutral, y la idea de resolver a través de leyes y reformas generales la situación de las mujeres es descabellada. Critican al feminismo reivindicativo por victimista y por no respetar la diversidad de la experiencia de las mujeres. Además plantean que de nada sirve que las leyes den valor a las mujeres si éstas de hecho no lo tienen. A cambio, parecen proponer trasladarse al plano simbólico y que sea en ese plano donde se produzca la efectiva liberación de la mujer, del "deseo femenino". Ligada a esta liberación, muy volcada en la autoestima femenina, están diversas prácticas entre mujeres, como el affidamento, concepto de difícil traducción, en que el reconocimiento de la autoridad femenina juega un papel determinante. Lo que sí se afirma con claridad es que para la mujer no hay libertad ni pensamiento sin el pensamiento de la diferencia sexual. Es la determinación ontológica fundamental.

h) Ultimas tendencias
Tras las manifestaciones de fuerza y vitalidad del feminismo y otros movimientos sociales y políticos en los años setenta, la década de los ochenta parece que pasará a la historia como una década especialmente conservadora. De hecho, el triunfo de carismáticos líderes ultraconservadores en países como Inglaterra y Estados Unidos, cierto agotamiento de las ideologías que surgieron en el siglo XIX, más el sorprendente derrumbamiento de los Estados socialistas, dieron paso a los eternos profetas del fin los conflictos sociales y de la historia. En este contexto, nuestra pregunta es la siguiente: ¿puede entonces hablarse de un declive del feminismo contemporáneo?, y la respuesta es un rotundo no. Sólo un análisis insuficiente de los diferentes frentes y niveles sociales en que se desarrolla la lucha feminista puede cuestionar su vigencia y vitalidad. Yasmine Ergas ha sintetizado bien la realidad de los ochenta:
Si bien la era de los gestos grandilocuentes y las manifestaciones masivas que tanto habían llamado la atención de los medios de comunicación parecían tocar su fin, a menudo dejaban detrás de sí nuevas formas de organización política femenina, una mayor visibilidad de las mujeres y de sus problemas en la esfera pública y animados debates entre las propias feministas, así como entre éstas e interlocutores externos. En otras palabras, la muerte, al menos aparente, del feminismo como movimiento social organizado no implicaba ni la desaparición de las feministas como agentes políticos, ni la del feminismo como un conjunto de prácticas discursivas contestadas, pero siempre en desarrollo" (41).

Efectivamente, el feminismo no ha desaparecido, pero sí ha conocido profundas transformaciones. En estas transformaciones han influido tanto los enormes éxitos cosechados -si consideramos lo que fue el pasado y lo que es el presente de las mujeres-
Como la profunda conciencia de lo que queda por hacer, si comparamos la situación de varones y mujeres en la actualidad. Los éxitos cosechados han provocado una aparente, tal vez real, merma en la capacidad de movilización de las mujeres en torno a las reivindicaciones feministas, por más que, paradójicamente, éstas tengan más apoyo que nunca en la población femenina. Por ejemplo, el consenso entre las mujeres sobre las demandas de igual salario, medidas frente a la violencia o una política de guarderías públicas es, prácticamente total. Pero resulta difícil, por no decir imposible, congregar bajo estas reivindicaciones manifestaciones similares a las que producían alrededor de la defensa del aborto en los años setenta (De hecho, sólo la posible puesta en cuestión del derecho al propio cuerpo en los Estados Unidos de Bush ha sido capaz de concitar de nuevo marchas de cientos de miles de personas). Sin embargo, como decíamos, esto no implica un repliegue en la constante lucha por conseguir las reivindicaciones feministas. Aparte de la imprescindible labor de los grupos feministas de base, que siguen su continuada tarea de concienciación, reflexión y activismo, ha tomado progresivamente fuerza lo que ya se denomina feminismo institucional. Este feminismo reviste diferentes formas en los distintos países occidentales: desde los pactos interclasistas de mujeres a la nórdica (42) -donde se ha podido llegar a hablar de feminismo de Estado- a la formación de lobbies o grupos de presión, hasta la creación de ministerios o instituciones interministeriales de la mujer, como es el caso en nuestro país, donde en 1983 se creó como organismo autónomo el Instituto de la Mujer. A pesar de estas diferencias, los feminismos institucionales tienen algo en común: el decidido abandono de la apuesta por situarse fuera del sistema y por no aceptar sino cambios radicales. Un resultado notable de estas políticas ha sido el hecho, realmente impensable hace sólo dos décadas, de que mujeres declaradamente feministas lleguen a ocupar importantes puestos en los partidos políticos y en el Estado. Ahora bien, no puede pensarse que este abandono de la "demonización" del poder no reciba duras críticas desde otros sectores del feminismo, y no haya supuesto incluso un cambio lento y difícil para todo un colectivo que, aparte de su vocación radical, ha sido "socializado en el no poder". En este contexto institucional también cabe destacar la proliferación en las universidades de centros de investigaciones feministas. En la década de los ochenta, la teoría feminista no sólo ha desplegado una vitalidad impresionante, sino que ha conseguido dar a su interpretación de la realidad un status académico.

En definitiva, los grupos de base, el feminismo institucional y la pujanza de la teoría feminista, más la paulatina incorporación de las mujeres a puestos de poder no estrictamente políticos -administración, judicaturas, cátedras...- y a tareas emblemáticamente varoniles -ejército y policía-, han ido creando un poso feminista que simbólicamente cerraremos con la Declaración de Atenas de 1992. En esta Declaración, las mujeres han mostrado su claro deseo de firmar un nuevo contrato social y establecer de una vez por todas una democracia paritaria. Ahora bien, esta firme voluntad de avance, y el recuento de todo lo conseguido, no significa que la igualdad sexual esté a la vuelta de la esquina. Tal y como ha reflejado Susan Faludi en su obra Reacción. La guerra no declarada contra la mujer moderna, el patriarcado, como todo sistema de dominación firmemente asentado, cuenta con numerosos recursos para perpetuarse. El mensaje reactivo de "la igualdad está ya conseguida" y "el feminismo es un anacronismo que empobrece la vida de la mujer" parece haber calado en las nuevas generaciones. Como consecuencia, las mujeres jóvenes, incapaces de traducir de forma política la opresión, parecen volver a reproducir en patologías personales antes desconocidas -anorexia, bulimia- el problema que se empeña "en no tener nombre".
Terminaremos esta exposición con una referencia al problema del sujeto de la lucha feminista. En algunos textos se ha acuñado ya el término de "feminismo de tercera ola" para referirse al feminismo de los ochenta, que se centra en el tema de la diversidad de las mujeres (43). Este feminismo se caracteriza por criticar el uso monolítico de la categoría mujer y se centra en las implicaciones prácticas y teóricas de la diversidad de situaciones de las mujeres. Esta diversidad afecta a las variables que interactúan con la de género, como son el país, la raza, la etnicidad y la preferencia sexual y, en concreto, ha sido especialmente notable la aportación realizada por mujeres negras. Sin embargo, aún reconociendo la simultaneidad de opresiones y que estos desarrollos enriquecen enormemente al feminismo, cabe hacerse la siguiente pregunta: ¿"Dónde debemos detenernos en buena lógica? ¿Cómo podemos justificar generalizaciones sobre las mujeres afroamericanas, sobre las mujeres del Tercer Mundo, o las mujeres lesbianas?" (44). Efectivamente, llevando esta lógica a su extremo, tendríamos que concluir que es imposible generalizar la experiencia de cada mujer concreta. Tal vez sea pertinente concluir con unas palabras de Celia Amorós a propósito de otro debate. Señala esta que autora que tan importante como la desmitificación y disolución analítica de totalidades ontológicas es no perder, al menos como idea reguladora, la coherencia totalizadora que ha de tener todo proyecto emancipatorio con capacidad de movilización. Y, en la práctica, postula:
La capacidad de cada sujeto individual de constituirse en núcleo de síntesis de sus diversas "posiciones de sujeto", orientándolas al cambio del sistema (45).
Los feminismos a través de la historia
NOTA DE CREATIVIDAD FEMINISTA :
ESTA ARTICULO FUE TOMADO DE :
10 PALABRAS CLAVES DE FEMINISMO, CELIA AMOROS (COMPILADORA)
35. G. M. Scanlon, "El movimiento feminista en España", en J. Astelarra (coord.), Participación política de las mujeres, Siglo XXI, Madrid 1990, pp. 95-96. 36. Sin embargo, es preciso señalar que algunas de las feministas consideradas culturales, como es el caso de Kathleen Barry, no se sienten en absoluto identificadas con la etiqueta de feminismo cultural y se consideran feministas radicales. 37. R. Osborne, La construcción sexual de la realidad, Cátedra, Madrid 1993, p. 41. 38. Cf. R. M. Rodríguez, "El feminismo francés de la diferencia", en C. Amorós (cood.), Actas del seminario Historia de la teoría feminista, Instituto de Investigaciones Feministas, Universidad Complutense de Madrid, 1994. 39. La historia de este feminismo está contada detalladamente en el libro No creas tener derechos, del colectivo Librería de Mujeres de Milán, horas y Horas, Madrid 1991. 40. O. c., p. 81. 41. Y. Ergas, "El sujeto mujer: el feminismo de los años sesenta-ochenta", en Duby y Perrot (dirs.), Historia de las mujeres, Taurus, Madrid 1993, vol. 5, p. 560. 42. Cf. En este mismo libro "Pactos entre mujeres". 43. Esta designación proviene del feminismo estadounidense y no habla de diversidad sino de diferencias entre las mujeres. Hemos optado por usar la palabra diversidad para evitar equívocos con el feminismo de la diferencia, que en Estados Unidos se denomina feminismo cultural. 44. P. Madoo y J. Niebrugge-Brantley, "Teoría feminista contemporánea", en G. Ritzer, Teoría sociológica contemporánea, MacGraw Hill, Madrid 1992, p. 392. 45. C. Amorós, Crítica de la razón patriarcal, Anthropos, Barcelona 1985, p. 322.

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